Creo que durante casi toda mi vida, las cosas me importaban demasiado.
Rectifico: las cosas que no deberían haberme importado demasiado, me importaban demasiado.
Una cantidad vergonzosa de veces era así.
Esa autoconciencia mal entendida (inseguridad) me acompañó tanto tiempo que no sabía distinguir quién era yo de quién era realmente yo.
Pensaba mucho qué decir antes de decirlo o, mejor, no decía nada; rectificaba los trabajos de clase antes de entregarlos mil veces porque creía que nunca estaban lo suficientemente bien o eran lo suficientemente buenos, o interesantes o inteligentes.
Si alguien no me respondía un mensaje, estaba completamente convencida de que había hecho algo mal. El silencio era igual a no caer bien, no gustar o, peor aún, ser una molestia.
No sé muy bien en qué momento exacto empezó a cambiar eso.
Pero recuerdo que, pese a las dudas, me daba el permiso de alejar esos pensamientos de mí.
¿Cómo podía ser tan egocéntrica como para pensar que los demás se tomarían el tiempo en pensar en mí?
Así que, aunque pudiera seguir siendo por mi visión de ser insignificante, me ayudó a relajarme y empezar a tomar mis propias decisiones, a atreverme a hacer o no hacer, pero que fuera a mi manera. Y empecé a ver que no pasaba nada grave, nada empeoraba; incluso le cogí el gusto.
Así que eso se acabó convirtiendo en el “Si van a hablar igual, al menos haz lo que sea mejor para ti”.
He pasado mucho tiempo preocupándome por no decir algo inapropiado, o sobre todo que se me malinterprete.
Y es tan agotador que es insostenible.
Ahora de adulta, al probar nuevos proyectos, lanzar cosas, cambiar de rumbo, fracasar, volver a empezar, no saber si volveré a fracasar… también ha habido, hay, miedo. Miedo a que la gente piense que me esfuerzo demasiado o demasiado poco, a que se burlen de mi etc
Pero más allá del miedo, o pese al miedo, pienso que lo único peor y más ridículo que fracasar en público (o en privado) es no intentarlo por miedo.
Si alguien te critica, dice más de esa persona y nada de ti.
Las personas que están en paz consigo mismas no malgastan su propia energía en malas intenciones, palabras, miradas hacia los demás. Están ocupadas en vivir su propia vida y apoyando los demás.
A medida que nos hacemos mayores nuestros círculos se reducen, nuestras prioridades se organizan, y te das cuenta que las únicas opiniones que importan son las propias y las de las personas a quien confiarías paran que te recogieran en el aeropuerto.
Los errores y los fracasos son inevitables.
Y no son para tanto, te lo dice una que se equivoca mucho.